El alma tras el barniz: Lo que Redbone y Yoko Ono me enseñaron sobre el propósito

Horacio Ontiveros Por Horacio Ontiveros
El alma tras el barniz: Lo que Redbone y Yoko Ono me enseñaron sobre el propósito

Del ritmo ritual de Redbone al ego de Yoko Ono: un análisis sobre la esencia, el privilegio y la responsabilidad del diseño en la era del consumo vacío. ¿Estamos diseñando puentes o monólogos? Descubre por qué en Núcleo Studio apostamos por el alma y no por el barniz.

Hace unos días estaba escuchando "Come and Get Your Love" de Redbone. Como a muchos, la canción se me quedó grabada por Guardianes de la Galaxia. Es el gancho perfecto: divertida, bailable, con ese vibe de sábado por la mañana que Marvel sabe empaquetar tan bien. Pero mientras la oía en Spotify, me dio la "comezón" de investigar más. Vi la imagen de la banda —nativos americanos con ropajes tradicionales— y terminé en un video en vivo de los 70 donde empezaban con cantos y bailes rituales.

 

 

Ahí me cayó el veinte. Lo que yo conocía era solo una capa de barniz americano tradicional, artificial y de fácil consumo.

Redbone: Identidad, Sangre y Resistencia

Para entender por qué el branding de esta banda es tan potente, hay que entender de dónde viene su nombre. "Redbone" no es una palabra al azar; era un insulto racista (algo así como decir "sangre sucia" o usar "mestizo" de forma despectiva) para referirse a gente que tenía mezcla de sangre indígena, negra y blanca. En una jugada de reapropiación brutal, ellos agarraron ese insulto y lo convirtieron en su estandarte. Fue su forma de decir: "Sí, somos esto, y no nos vamos a esconder".

Pero la verdadera transgresión no estaba solo en el nombre, sino en cómo se veían:

  • La ropa como declaración de guerra: En los años 70, el gobierno de EE. UU. tenía una política bien agresiva de "integración", que básicamente era obligarlos a dejar de ser indígenas para volverse "gringos" estándar. Ver a Redbone en televisión nacional usando sus trenzas largas, chalecos de piel y plumas no era una moda tipo "Coachella" o un disfraz hippie. Era un acto de resistencia política. Estaban reclamando su derecho a existir sin tener que disfrazarse de blancos para encajar en el mainstream.

  • El ritual antes que el show: Sus conciertos no empezaban con un guitarrazo de rock, sino con cánticos ceremoniales y percusiones de cuero que evocaban las danzas de sus ancestros. Imagina prender la tele en hora pico y, en lugar de un grupo de pop genérico, encontrarte con un ritual de sanación. Para ellos, la música era la única forma de curar el trauma de un pueblo al que le habían quitado todo.

  • Música de lucha: Mientras la canción sonaba en las radios, afuera la cosa estaba que ardía. El movimiento indígena estaba ocupando prisiones como Alcatraz y enfrentándose al gobierno en lugares como Wounded Knee. Redbone era la banda sonora de esa lucha; eran el puente que sacaba el dolor de las reservas y lo ponía en los oídos de todo el mundo a través del funk.

Cuando hoy escuchamos esa canción en una película de superhéroes, todo ese contexto desaparece. El espectador ve a un mapache espacial bailando y olvida que esa melodía nació de hombres que estaban usando su arte para que su cultura no se extinguiera. Eso es lo que pasa cuando el diseño prioriza lo "bonito" sobre lo "real": nos quedamos con el ritmo pegajoso, pero le vaciamos el alma a la historia.

El riesgo de reinventar el hilo negro

Si Redbone es la raíz que sostiene, lo que encontré después con Yoko Ono es el ejemplo de lo que pasa cuando el arte se desprende de la tierra y se olvida de que necesita un interlocutor.

Yoko es esa figura que muchos consideran "insoportable", y aunque entiendo por qué —funciona como un vector que aleja el talento de John de la narrativa de los Beatles—, me detuve a analizarla sin prejuicios. Lo que encontré fue el otro extremo: creatividad experimental que se siente sin fondo porque carece de contexto compartido. Es una transgresión que nace del privilegio y del ego de querer reinventar el hilo negro en un espacio donde nadie pidió esa reinvención.

  • La narrativa como puente: Toda obra, marca o diseño necesita una narrativa que la sostenga. Redbone conectaba porque su narrativa era la de un pueblo milenario; Yoko, en cambio, apostaba por la ruptura total. El problema es que para romper algo, primero tienes que haber construido un lenguaje común con quien te ve. Sin ese lenguaje, el arte no es diálogo, es ruido.

  • Privilegio vs. Necesidad: Mientras Redbone vestía su cultura para no morir, Yoko hacía performance desde una posición de privilegio absoluto, lejos del público que podría haber valorado su vanguardia. Cuando el arte se vuelve tan "críptico" que solo el autor lo entiende, deja de ser una herramienta de cambio para convertirse en un ejercicio de vanidad intelectual.

  • Gritar al vacío vs. Cantar a la tribu: Al final, Redbone usaba el mainstream para salvar una identidad; Yoko parecía usar el privilegio para dinamitarlo todo sin proponer un lugar donde aterrizar. Uno construía comunidad, la otra hacía un monólogo.

La narrativa siempre existe, pero cuando el ego del artista —o de la marca— es más grande que el mensaje, la gente simplemente deja de conectar. En el diseño, como en la música, si intentas ser tan "único" que ignoras el contexto de tu audiencia, terminas gritando solo en una habitación llena de gente.

Diseñar para que crezcan bosques

Sé que tener una educación que te permita desarrollar este criterio es un privilegio, pero creo que la responsabilidad de mantenerlo recae en nosotros. El branding con propósito, el que intentamos hacer en Núcleo Studio, no debería ser ese barniz que oculta la verdad, sino un portal.

Me gusta pensar que, aunque el cine comercial limpie significados, al menos se alimenta de cultura real. Esas son semillas que quedan ahí. Si logramos que el diseño no lo dé todo digerido, si dejamos espacio para la curiosidad, esas semillas pueden crecer hasta formar un bosque en la mente de personas que deciden rascar un poco la superficie.

Al final, la esencia de las cosas es lo que realmente influye en nuestras decisiones. Podemos elegir el camino de Yoko (el ego desconectado) o el de la asimilación vacía, pero el verdadero reto es crear marcas y webs que conserven su ethos. En Núcleo Studio no buscamos crear el próximo "hit" vacío del algoritmo; buscamos que tu marca tenga esa raíz que, aunque la cubran de barniz, siga latiendo abajo. Porque la publicidad se olvida, pero la esencia es lo que hace que alguien, años después, decida investigar quién eres realmente.

Conversación

Inicia sesión para participar en la conversación.